"MIS HUELLAS"
Hablar de las "huellas" del Beato Gabriel Longueville es recorrer el camino de un hombre que supo hacer de su vida sacerdotal una entrega silenciosa, humilde y profundamente encarnada en la realidad de su pueblo. Su paso por la tierra argentina no fue superficial; dejó marcas imborrables en la memoria comunitaria y en el corazón de la Iglesia riojana.
La huella de la misión: De Francia a las tierras riojanas
En 1970, respondiendo al llamado de ser un sacerdote Fidei Donum (enviado misionero), el P. Gabriel dejó su tierra natal en Viviers, Francia, para integrarse a la Iglesia en Argentina. Su destino fue la diócesis de La Rioja, guiada entonces por el obispo Monseñor Enrique Angelelli.
Su huella inicial fue la de la disponibilidad: la capacidad de desprenderse de sus certezas de origen para abrazar una cultura, un clima y un pueblo diferentes con profundo respeto y fraternidad.
La huella del servicio humilde en El Chamical
Destinado como párroco de la parroquia El Salvador en la ciudad de El Chamical, el P. Gabriel desplegó un ministerio centrado en la cercanía:
Sacerdote del pueblo: Recorría los parajes llanistos para llevar los sacramentos, visitar a las familias campesinas y escuchar sus necesidades.
Escucha y sencillez: Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre de pocas palabras, pero de gestos profundos; un orante silencioso que sabía estar presente en la vida cotidiana de la gente.
Trabajo comunitario: Junto al fray franciscano Carlos de Dios Murias, promovió la organización pastoral de los jóvenes y la formación de comunidades eclesiales de base.
La huella de la fidelidad hasta el martirio
En el difícil contexto social y político de los años 70 en Argentina, la labor pastoral de la Iglesia riojana (orientada por las enseñanzas del Concilio Vaticano II y la Opción por los Pobres) fue perseguida.
El 18 de julio de 1976, el P. Gabriel no abandonó a su comunidad ni a su hermano de ministerio, el P. Carlos Murias. Secuestrado junto a él en El Chamical, su vida física fue truncada en el paraje Bajo de Lucas, sellando su testimonio de fe con el martirio.
Su huella definitiva fue la fidelidad extrema: no huir cuando el peligro acechaba, permaneciendo junto al rebaño que Dios le había confiado.
La huella viva en el pueblo de hoy
El 27 de abril de 2019, la Iglesia reconoció oficialmente lo que el pueblo riojano custodió durante décadas: Gabriel Longueville es Beato y Mártir
Su talento como artista y escultor
Antes de su viaje a la Argentina, Gabriel tenía un marcado sentido estético y habilidad manual. En su Francia natal y en sus ratos de silencio disfrutaba de la escultura en madera y el grabado. Quienes convivieron con él en La Rioja recuerdan que utilizaba la artesanía como un medio de contemplación y que solía tallar pequeños objetos o cruces de madera para regalárselos a las familias campesinas que visitaba.
El "sacerdote del silencio"
A diferencia de otros líderes religiosos o de su propio compañero de martirio, el P. Carlos de Dios Murias —quien tenía un perfil más enérgico y un gran talento como predicador—, Gabriel era un hombre extremadamente reservado y tímido. En la diócesis de La Rioja lo apodaban cariñosamente "el sacerdote del silencio". Muchas veces prefería ceder la palabra a otros y él dedicarse a las tareas más humildes de la parroquia: limpiar el templo, preparar los ornamentos o quedarse en oración en el sagrario mientras otros hablaban.
Mecánico y conductor de los parajes
Para los campesinos de Los Llanos riojanos, el P. Gabriel no solo era el cura que traía los sacramentos, sino también su auxilio en los caminos. Longueville aprendió nociones de mecánica de automóviles para mantener la camioneta con la que recorría las huellas de tierra de la parroquia. Muchas veces transportaba medicamentos, herramientas, o trasladaba a enfermos desde los parajes aislados hasta el hospital de El Chamical, actuando en la práctica como una ambulancia rural.
El dominio del idioma y el "acento del pueblo"
Al llegar a Argentina en 1970 con un francés nativo muy marcado, le costó adaptarse al español local. Sin embargo, en lugar de aprender un español formal o académico, Gabriel adoptó rápidamente los modismos y el tono del dialecto riojano. Los pobladores recordaban con cariño cómo un sacerdote nacido en Francia hablaba con las frases, la cadencia y los términos tradicionales de los puesteros del interior riojano.
La renuncia a la comodidad de su diócesis de origen
Una huella muy poco comentada es que Gabriel tenía un futuro seguro y cómodo en la diócesis de Viviers (Francia), donde era muy apreciado por sus obispos. Su decisión de partir a la Argentina como sacerdote Fidei Donum no respondió a un traslado administrativo, sino a una insistencia personal ante sus superiores para ir a la misión en América Latina, pidiendo expresamente ser enviado a una de las diócesis más pobres y convulsionadas de la época.
Estas pequeñas pinceladas muestran a un hombre cuyo camino de santidad no se construyó a través de grandes discursos, sino mediante la cotidianeidad, el trabajo con las manos, la escucha atenta y la humildad radical.
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